‘Señor, te amo y te lo diré cada día, porque tú eres la fuente de todo amor. Y nunca me rendiré. Nunca dejaré de buscarte y de desear amarte. Quizás haya quien nunca lo entienda. Pero rezo por los muchos que sí lo hacen. Por cada amor, cada relación contigo, cada alma que has llamado a ser tuya. Para amarlos, abrazarlos, ofrecerles tu misericordia, estar presente en sus vidas.
Oh, Señor mío, nunca me rendiré. Perseveraré hasta mi último aliento, con toda la fuerza de tu sangre, que es el poder de toda la vida. Ella me sostendrá. Derrama tu Preciosa Sangre, que es nueva y eterna, cada día en mi alma.
Una vez dijiste: “El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto”. Que el amor que te tengo, a pesar de todas mis debilidades, dé fruto.
El Salmo 100 dice: “Aclamad al Señor con alegría, con gratitud. En toda la tierra”. Que pueda aclamar con amor. Que pueda cantar con alabanza. Que pueda cantar con alabanza tu amor por toda la eternidad.'
"Mi hijo".
Ahora tengo ante mí una visión de nuestro Señor, vestido de blanco, con su cuerpo resplandeciente de una luz tan pura. El Espíritu Santo desciende en forma de paloma, rodeado de una luz dorada. Oh, cuán hermoso es el Espíritu en su majestad y verdad.
Jesús dice, “Hijo mío, ven a mí y que la gloria de mi amor consuma tu corazón hoy y te guíe en mi misericordia para que tomes mi mano. Ahora voy a guiarte a través de nuevas fronteras de amor. Los océanos son amplios, las montañas vastas. Y te regocijarás.
Déjalo ir. Te alegrarás”.”